¡Qué gran encargo nos diste Señor!

Qué Gran encargo nos diste Señor
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Rosita se acostó muy tarde, su hijo tenía fiebre, mientras mojaba y exprimía una toallita blanca para ponerla en su frente cantaba una antigua canción de cuna que le había enseñado su abuela. Mientras tanto, Pablo, recostado en la otra cama, abrazaba y consolaba al más pequeño, pues la luz de las velas le habían despertado.

Pablo miraba con asombro la delicadeza y dedicación de su amada y se decía:

¡Qué bella es! ¡cuánto la amo!¡es una gran madre!
¡Qué gran encargo le diste Señor, gracias por permitirle llevar y custodiar la vida de
mis hijos desde su vientre!
¡Qué grandeza Señor, poder ver cómo crece mi niño en su vientre, cómo se va
desarrollando la vida!

He podido sentir sus pataditas.
Cuando por las noches llego, Rosita me apresura:
– ¡Pablo, ven, corre…está pateando!
Corro hacia ella, presiono un poco su delicado vientre para sentir su fuerza, pero, se ha
detenido y ella me dice:
– ¡Espera!
Espero un momento y ansío que se vuelva a mover.
¡Ah! ¡ahí está la patadita! ese movimiento sublime, ¡que emoción!

¡Ella no está sola, me tiene a mí! ¡Ayúdame Señor a ayudarla y así poder pagar mi
deuda, porque no debe ser nada fácil llevar a mi bebé en su vientre!

La maternidad es una  endición, que con gran alegría la recibimos, pero también es una
gran responsabilidad, ya que el bebé que llevamos en nuestro vientre es una vida sagrada
que tenemos que custodiar, no es nada fácil, se trata de alguien y no de algo, es tan frágil,  tan inocente, es un ser humano, una personita que está creciendo, desarrollándose y  fortaleciendo.

Dios, quien nos hizo a su imagen y semejanza, nos permite tener esta gran dignidad.
Si bien es cierto la mujer lo lleva dentro de ella, pero no es parte de su cuerpo como un
órgano o un apéndice, es una persona que está en su primera fase, tiene un código genético
diferente al de ella, es único e irrepetible, es alguien que necesita ser protegido y cuidado
hasta que pueda valerse por sí mismo.
En algunos casos este bebé llega como una sorpresa, fue deseado por Dios y ya está aquí.
Ahora nos toca a nosotros desearlo, amarlo y hacerle feliz, aceptar ese gran encargo que
nos da el Señor, de proteger y custodiar al inocente, esto supone mucho esfuerzo y
confusión al principio, todo lo que supone esfuerzo, vale la pena.
Dios se alegra y agradece infinitamente por este bello gesto de acoger y proteger la vida.

La maternidad es algo tan especial, que, hasta el mismo Cristo estuvo nueve meses en el
vientre de su madre la Virgen María.
A un hijo se ama, es un regalo, no escogemos a los hijos ni los hijos escogen a sus padres,
los recibimos como un don, como una misión. Cuantas mujeres se han encontrado solas
en esta sublime etapa y no es justo, porque el hijo no es solo de ella, sin embargo como
recuerda San Juan Pablo II, es el genio femenino, manifestación del Espíritu que la mujer
ha mostrado a través de la historia, siempre fuerte y valiente, una mujer que lo da todo,
que tiene una gran capacidad de amar, no permite que la confundan, ni se deja vencer por
el momento difícil que está viviendo, al contrario, abre los ojos, los levanta hacia el cielo,
se empodera, saca fuerzas de donde no lo hay, y es capaz de salir de cualquier dificultad,
la mujer no es débil como andan diciendo por ahí, somos fuertes capaces de transformar
el mundo, de lograr grandes objetivos y fundar grandes empresas. Un hijo es la fuerza, la
compañía, es el motor que da sentido a nuestras vidas. Y cuando hablamos de maternidad
no hablamos de un único rol o función que tiene la mujer, hablamos que Dios confía una
misión especial y no solo en el aspecto biológico, pues también hablamos de la
maternidad afectiva, cultural y espiritual, tantos niños abandonados, sobrinos necesitados,
padres ancianos, familias que necesitan compañía apoyo, amor.

“…Rosita y Pablo se miran sonriendo, ponen sus manos sobre el vientre y dicen:

¡No temas bebé por lo que está sucediendo en este mundo, Mami y Papi te van a cuidar,
nos vamos a esforzar aún más para que no te falte lo primordial, para que salgas
adelante y seas feliz!”

Proteger y apoyar la maternidad es un deber social. ¡No las dejemos solas!

Por: Luz Delgado / Pepe Paredes.

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