¿POR QUÉ, MARÍA?

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Quizás conocemos muy poco sobre la vida de María y pocos realmente han sido aquellos que se han involucrado de manera especial por hacer permanente la gracia que la envuelve desde su concepción.  

Elegida por Dios para ser madre de nuestro salvador, María desde muy pequeña ha recibido una misión más que maternal salvadora para el mundo entero.

Hasta el día de hoy existen cuestionamientos sobre su inmaculada concepción, pero aquí no vengo a conjeturar sobre las mismas, pues no me considero capaz de sostener una idea que pueda en una pretensión mía diferir con las revelaciones de la Beata Ana Catalina Emmerick o la base teológica preparada por el Beato Juan Duns Escoto para la proclamación del dogma. Tan solo comparto mi contemplación con asombro por la misericordia, humildad y bondad de una madre que en el evo de la eternidad ha sido y será la abogada de la humanidad ante Dios todo poderoso.

El papel de María es trascendental y lo ha hecho notar en cada revelación, ella busca como toda buena madre hacer entender y provocar un cambio en nosotros permitiéndonos poner a Dios en nuestras vidas.

La pregunta es, ¿cuántos estamos dispuestos a cambiar a favor de Dios?, las personas conforme pasan los años, nos vamos alejando poco a poco de nuestra esencia espiritual y olvidamos el valor inmensurable que es el tener a Dios presente en nuestras vidas.

Pero si le agregamos a la pregunta, que ese favor de Dios es realmente para nuestro propio bien, entonces, empezaremos a entender el porqué del propósito de la santísima Virgen.  

María no nos pide más de lo que realmente somos capaces de entender y actuar.  Como madre no nos abandona a nuestra suerte a pesar de nuestras muchas faltas, por el contrario, camina en pie junto a nosotros atravesando nuestros dolores y sacrificios.

Es ella quien ara la tierra, abriendo surcos que nos conduzcan a la salvación de nuestras almas, seamos la buena semilla que no se salga de este camino maternal.

Si nos dejáramos guiar por su consejo maternal, cuanta paz cabría en nuestras almas y se reflejaría en nuestras miradas, aún tiempos difíciles.

Ave María y adelante!

Por Flor Llanos

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